Llevaba tres capas de rosa y amarillo cuando aparecieron las primeras alas. No las pinté; se formaron solas en la resina.

Eran las dos de la mañana y la pieza no cerraba. Había puesto el rosa muy caliente y el amarillo se defendía en vez de abrazarlo. Lo dejé. Me fui a la cocina y volví media hora después con la idea de raspar todo.
Cuando me acerqué, la resina había seguido trabajando sin mí. En el borde derecho, donde el pigmento se había acumulado, había cuatro formas pequeñas y simétricas. Alas. Nada en mi mano las había puesto ahí.
Llevo siete años pintando y todavía confundo terminar con controlar.
Me senté en el piso a mirarla hasta que amaneció. No toqué nada más. Esa obra abrió la serie completa: las mariposas empezaron a aparecer en las siguientes cinco piezas, unas veces en la pintura y otras en el borde del satín.
Ahora, cuando alguien me pregunta cuánto me demoro en una obra, no sé qué responder. La parte en que pinto dura horas. La parte en que dejo de pintar dura lo que tenga que durar.
Si tienes una pañoleta de esta serie, busca las alas. Están en todas, aunque en algunas hay que mirar dos veces.